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Saturday, March 28, 2009

Remoción excomunión obispos lerebvianos

La remoción de la excomunión latae sententiae a los obispos de la Fraternidad San Pío X
Decreto de la Congregación para los Obispos
21 de enero de 2009.

Con carta del 15 de diciembre de 2008 dirigida a Su Eminencia el Señor Cardenal Darío Castrillón Hoyos, Presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Mons. Bernard Fellay, también en nombre de los otros tres Obispos consagrados el día 30 de junio de 1988, solicitaba nuevamente la remoción de la excomunión latae sententiae formalmente declarada con Decreto del Prefecto de esta Congregación para los Obispos el día 1 de julio de 1988. En la mencionada carta, Mons. Fellay afirma, entre otros puntos: “Estamos siempre firmemente determinados en la voluntad de ser católicos y de poner todas nuestras fuerzas al servicio de la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, que es la Iglesia católica romana. Aceptamos sus enseñanzas con ánimo filial. Creemos firmemente en el Primado de Pedro y en sus prerrogativas, y por esto nos produce tanto sufrimiento la situación actual”.

Su Santidad Benedicto XVI – paternalmente sensible al malestar espiritual manifestado por los interesados a causa de la sanción de excomunión, y confiado en el compromiso por ellos expresado en la citada carta respecto a no ahorrar esfuerzo alguno para profundizar en las conversaciones necesarias con las autoridades de la Santa Sede en las cuestiones aún abiertas, de forma que se pueda llegar pronto a un plena y satisfactoria solución del problema originalmente planteado – ha decidido reconsiderar la sanción canónica de los Obispos Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta surgida con la consagración episcopal de estos.

Con este acto se desean consolidar las relaciones recíprocas de confianza e intensificar y dar estabilidad a las relaciones de la Fraternidad San Pío X, testimoniando así verdadera fidelidad y verdadero reconocimiento del Magisterio y de la autoridad del Papa con la prueba de la unidad visible.

En virtud de las facultades que expresamente me concede el Santo Padre Benedicto XVI, en virtud del presente Decreto, levanto a los Obispos Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta la censura de excomunión latae sententiae declarada por esta Congregación el 1 de julio de 1988, mientras declaro carente de efectos jurídicos, desde el día de hoy, el Decreto que en aquel momento se emitió.

Roma, desde la Congregación para los Obispos,
21 de enero de 2009.
Card. Giovanni Battista Re
Prefecto de la Congregación para los Obispos

http://www.cope.es/noticia_ampliada.php5?codNoticia=29614

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Algunos aspectos de la Iglesia

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. RESPUESTAS A ALGUNAS PREGUNTAS ACERCA DE CIERTOS ASPECTOS DE LA DOCTRINA SOBRE LA IGLESIA
Adital

La Declaración del Vaticano sobre la Iglesia, rompe todos los puentes de unión que se estaban dando a nivel ecuménico y nos retrotraen a tiempos anteriores al Vaticano II. Con el nuevo Papa, se acentúa la involución en la Iglesia a todos los niveles. La vuelta de la Misa en latín y las negociaciones con los lefrevianos es sólo uno de los síntomas de la actual situación de Invierno eclesial que estamos viviendo. (Redacción de R. C.)

Introducción

El Concilio Vaticano II, con la Constitución dogmática Lumen gentium y con los Decretos sobre el Ecumenismo (Unitatis redintegratio) y sobre las Iglesias orientales (Orientalium Ecclesiarum), ha contribuido de manera determinante a una comprensión más profunda de la eclesiología católica. También los Sumos Pontífices han profundizado en este campo y han dado orientaciones prácticas: Pablo VI en la Carta Encíclica Ecclesiam suam (1964) y Juan Pablo II en la Carta Encíclica Ut unum sint (1995).

El sucesivo empeño de los teólogos, orientado a ilustrar mejor los diferentes aspectos de la eclesiología, ha dado lugar al florecimiento de una amplia literatura sobre la materia. La temática, en efecto, se ha mostrado muy fecunda, pero también ha necesitado a veces de puntualizaciones y llamadas de atención, como la Declaración Mysterium Ecclesiæ (1973), la Carta Communionis notio (1992) y la Declaración Dominus Iesus (2000), publicadas todas por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

La vastedad del argumento y la novedad de muchos temas siguen provocando la reflexión teológica, la cual ofrece nuevas contribuciones no siempre exentas de interpretaciones erradas, que suscitan perplejidades y dudas, algunas de las cuales han sido sometidas a la atención de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ésta, presuponiendo la enseñanza global de la doctrina católica sobre la Iglesia, quiere responder precisando el significado auténtico de algunas expresiones eclesiológicas magisteriales que corren el peligro de ser tergiversadas en la discusión teológica.

RESPUESTAS A LAS PREGUNTAS

Primera pregunta:
¿El Concilio Ecuménico Vaticano II ha cambiado la precedente doctrina sobre la Iglesia?

Respuesta:
El Concilio Ecuménico Vaticano II ni ha querido cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni de hecho la ha cambiado, sino que la ha desarrollado, profundizado y expuesto más ampliamente.

Esto fue precisamente lo que afirmó con extrema claridad Juan XXIII al comienzo del Concilio[1]. Pablo VI lo reafirmo[2], expresándose con estas palabras en el acto de promulgación de la Constitución Lumen gentium: «Creemos que el mejor comentario que puede hacerse es decir que esta promulgación verdaderamente no cambia en nada la doctrina tradicional. Lo que Cristo quiere, lo queremos nosotros también. Lo que había, permanece. Lo que la Iglesia ha enseñado a lo largo de los siglos, nosotros lo seguiremos enseñando. Solamente ahora se ha expresado lo que simplemente se vivía; se ha esclarecido lo que estaba incierto; ahora consigue una serena formulación lo que se meditaba, discutía y en parte era controvertido»[3]. Los Obispos repetidamente manifestaron y quisieron actuar esta intención[4].

Segunda pregunta:
¿Cómo se debe entender a afirmación según la cual [la] Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica?

Respuesta:
Cristo «ha constituido en la tierra» una sola Iglesia y la ha instituido desde su origen como «comunidad visible y espiritual»[5]. Ella continuará existiendo en el curso de la historia y solamente en ella han permanecido y permanecerán todos los elementos instituidos por Cristo mismo[6]. «Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica […]. Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él»[7].

En la Constitución dogmática Lumen gentium la subsistencia es esta perenne continuidad histórica y la permanencia de todos los elementos instituidos por Cristo en la Iglesia católica [8], en la cual, concretamente, se encuentra la Iglesia de Cristo en esta tierra.

Aunque se puede afirmar rectamente, según la doctrina católica, que la Iglesia de Cristo está presente y operante en las Iglesias y en las Comunidades eclesiales que aún no están en plena comunión con la Iglesia católica, gracias a los elementos de santificación y verdad presentes en ellas[9], el término “subsiste” es atribuido exclusivamente a la Iglesia católica, ya que se refiere precisamente a la nota de la unidad profesada en los símbolos de la fe (Creo en la Iglesia “una”); y esta Iglesia “una” subsiste en la Iglesia católica[10].

Tercera pregunta:
¿Por qué se usa la expresión “subsiste en ella” y no sencillamente la forma verbal “es”?

Respuesta:
El uso de esta expresión, que indica la plena identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica, no cambia la doctrina sobre la Iglesia. La verdadera razón por la cual ha sido usada es que expresa más claramente el hecho de que fuera de la Iglesia se encuentran “muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica»[11].

«Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia»[12].

Cuarta pregunta:
¿Por qué el Concilio Ecuménico Vaticano II atribuye el nombre de “Iglesias” a las Iglesias Orientales separadas de la plena comunión con la Iglesia católica?

Respuesta:
El Concilio ha querido aceptar el uso tradicional del término. “Puesto que estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos y, sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, por los que se unen a nosotros con vínculos estrechísimos”[13], merecen el título de «Iglesias particulares o locales»[14], y son llamadas Iglesias hermanas de las Iglesias particulares católicas[15].

“Consiguientemente, por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios”[16]. Sin embargo, dado que la comunión con la Iglesia universal, cuya cabeza visible es el Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, no es un simple complemento externo de la Iglesia particular, sino uno de sus principios constitutivos internos, aquellas venerables Comunidades cristianas sufren en realidad una carencia objetiva en su misma condición de Iglesia particular[17].

Por otra parte, la universalidad propia de la Iglesia, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, halla precisamente en la división entre los cristianos un obstáculo para su plena realización en la historia[18].

Quinta pregunta:
¿Por qué los textos del Concilio y el Magisterio sucesivo no atribuyen el título de “Iglesia” a las Comunidades cristianas nacidas de la Reforma del siglo XVI?

Respuesta:
Porque, según la doctrina católica, estas Comunidades no tienen la sucesión apostólica mediante el sacramento del Orden y, por tanto, están privadas de un elemento constitutivo esencial de la Iglesia. Estas Comunidades eclesiales que, especialmente a causa de la falta del sacerdocio sacramental, no han conservado la auténtica e íntegra sustancia del Misterio eucarístico[19], según la doctrina católica, no pueden ser llamadas “Iglesias” en sentido propio[20].

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la audiencia concedida al suscrito Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha aprobado y confirmado estas Respuestas, decididas en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sean publicadas.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 29 de junio de 2007, solemnidad de los Stos. Apóstoles Pedro y Pablo.

William Cardenal Levada, Prefecto
Angelo Amato, S.D.B., Arzobispo titular de Sila, Secretario

NOTAS


[1] Juan XXIII, Discurso del 11 de octubre de 1962: «… el Concilio… quiere transmitir pura e íntegra la doctrina católica, sin atenuaciones o alteraciones… Sin embargo, en las circunstancias actuales, es nuestro deber que la doctrina cristiana sea por todos acogida en su totalidad, con renovada, serena y tranquila adhesión…; es necesario que el espíritu cristiano, católico y apostólico del mundo entero dé un paso adelante, que la misma doctrina sea conocida de modo más amplio y profundo…; esta doctrina cierta e inmutable, a la cual se le debe un fiel obsequio, tiene que ser explorada y expuesta en el modo que lo exige nuestra época. Una cosa es la sustancia del “depositum fìdei”, es decir, de las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa, siempre, sin embargo, con el mismo sentido y significado»: AAS 54 [1962] 791; 792.
[2] Cf. Pablo VI, Discurso del 29 de septiembre de 1963: AAS 55 [1963] 791; 792.
[3] Pablo VI, Discurso del 21 de noviembre de 1964: AAS 56 [1964] 847-851.
[4] El Concilio ha querido expresar la identidad de la Iglesia de Cristo con la Iglesia católica. Esto se encuentra en las discusiones sobre el Decreto Unitatis redintegratio. El Esquema del Decreto fue propuesto en aula el 23/09/1964 con una Relatio (Act. Syn. III/II 296-344). A los modos enviados por los obispos en los meses siguientes el Secretariado para la Unidad de los Cristianos responde el 10/11/1964 (Act. Syn. III/VII 11-49). De esta Expensio modorum se citan cuatro textos concernientes a la primera respuesta:
A) [In Nr. 1 (Prooemium) Schema Decreti: Act Syn III/II 296, 3-6] «Pag. 5, lin. 3 - 6: Videtur etiam Ecclesiam Catholicam inter illas Communiones comprehendi, quod falsum esset.
R(espondetur): Hic tantum factum, prout ab omnibus conspicitur, describendum est. Postea clare affirmatur solam Ecclesiam catholicam esse veram Ecclesiam Christi» (Act. Syn. III/VII 12).
B) [In Caput I in genere: Act. Syn. III/II 297-301] «4 - Expressius dicatur unam solam esse veram Ecclesiam Christi; hanc esse Catholicam Apostolicam Romanam; omnes debere inquirere, ut eam cognoscant et ingrediantur ad salutem obtinendam
R(espondetur): In toto textu sufficienter effertur, quod postulatur. Ex altera parte non est tacendum etiam in alliis communitatibus christianis inveniri veritates revelatas et elementa ecclesialia» (Act. Syn. III/VII 15). Cf. también ibidem punto 5.
C) [In Caput I in genere: Act. Syn. III/II 296s] «5 - Clarius dicendum esset veram Ecclesiam esse solam Ecclesiam catholicam romanam…
R(espondetur): Textus supponit doctrinam in constitutione ‘De Ecclesia’ expositam, ut pag. 5, lin, 24 - 25 affirmatur” (Act. Syn. III/VII 15). Por lo tanto, la comisión que debía evaluar las enmiendas al Decreto Unitatis redintegratio expresa con claridad la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica, y su unicidad, y fundada esta doctrina en la Constitución dogmática Lumen gentium.
D) [In Nr. 2 Schema Decreti: Act. Syn. III/II 297s] «Pag. 6, lin, 1 – 24 Clarius exprimatur unicitas Ecclesiæ. Non sufficit inculcare, ut in textu fit, unitatem Ecclesiæ.
R(espondetur): a) Ex toto textu clare apparet identificatio Ecclesiæ Christi cum Ecclesia catholica, quamvis, ut oportet, efferantur elementa ecclesialia aliarum communitatum». «Pag. 7, lin.5 Ecclesia a successoribus Apostolorum cum Petri successore capite gubernata (cf. novum textum ad pag. 6. lin.33-34) explicite dicitur ‘unicus Dei grex’ et lin. 13 ‘una et unica Dei Ecclesia’» (Act. Syn. III/VII).
Las dos expresiones citadas son las de Unitatis redintegratio 2.5 e 3.1.
[5] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.1.
[6] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 3.2; 3.4; 3.5; 4.6.
[7] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2
[8] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiæ, 1.1: AAS 65 [1973] 397; Declaración Dominus Iesus, 16.3: AAS 92 [2000-II] 757-758; Notificación sobre el volumen «Iglesia: Carisma y poder», del P. Leonardo Boff, O.F.M.: AAS 77 [1985] 758-759.
[9] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint, 11.3: AAS 87 [1995-II] 928.
[10] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2.
[11] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2.
[12] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 3.4.
[13] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 15.3; CF. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17.2: AAS 85 [1993-II] 848.
[14] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 14.1.
[15] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 14. 1; Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint, 56 s: AAS 87 [1995-II] 954 s.
[16] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 15.1.
[17] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17.3: AAS 85 [1993-II] 849.
[18] Cf. Ibidem.
[19] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 22.3.
[20] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, 17.2: AAS 92 [2000-II] 758.


http://www.redescristianas.net/2007/07/17/congregacion-para-la-doctrina-de-la-ferespuestas-a-algunas-preguntas-acerca-de-ciertos-aspectos-de-la-doctrina-sobre-la-iglesia/

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Carta Benedicto XVI a los obispos sobre remisión excomunión a obispos lefrebvianos

Carta de Su Santidad, Benedicto XVI a los obispos de la Iglesia católica, sobre la remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por el arzobispo Lefebvre:
Vaticano, 10 de marzo de 2009.


Queridos Hermanos en el ministerio episcopal

La remisión de la excomunión a los cuatro Obispos consagrados en el año 1988 por el Arzobispo Lefebvre sin mandato de la Santa Sede, ha suscitado por múltiples razones dentro y fuera de la Iglesia católica una discusión de una vehemencia como no se había visto desde hace mucho tiempo. Muchos Obispos se han sentido perplejos ante un acontecimiento sucedido inesperadamente y difícil de encuadrar positivamente en las cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy. A pesar de que muchos Obispos y fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente la disposición del Papa a la reconciliación, a ello se contraponía sin embargo la cuestión sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en cambio, acusaban abiertamente al Papa de querer volver atrás, hasta antes del Concilio. Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento. Por eso, me siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos Hermanos, una palabra clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones que me han guiado en esta iniciativa, a mí y a los organismos competentes de la Santa Sede. Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.

Una contrariedad para mí imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la remisión de la excomunión. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos, ordenados válidamente pero no legítimamente, apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia. Una invitación a la reconciliación con un grupo eclesial implicado en un proceso de separación, se transformó así en su contrario: un aparente volver atrás respecto a todos los pasos de reconciliación entre los cristianos y judíos que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos y promovidos desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal teológico. Que esta superposición de dos procesos contrapuestos haya sucedido y, durante un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y judíos, así como también la paz dentro de la Iglesia, es algo que sólo puedo lamentar profundamente. Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias. Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque. Justamente por esto doy gracias a los amigos judíos que han ayudado a deshacer rápidamente el malentendido y a restablecer la atmósfera de amistad y confianza que, como en el tiempo del Papa Juan Pablo II, también ha habido durante todo el período de mi Pontificado y, gracias a Dios, sigue habiendo.

Otro desacierto, del cual me lamento sinceramente, consiste en el hecho de que el alcance y los límites de la iniciativa del 21 de enero de 2009 no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación. La excomunión afecta a las personas, no a las instituciones. Una ordenación episcopal sin el mandato pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción más dura, la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía. La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno. Este gesto era posible después de que los interesados reconocieran en línea de principio al Papa y su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su autoridad doctrinal y a la del Concilio. Con esto vuelvo a la distinción entre persona e institución. La remisión de la excomunión ha sido un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica: las personas venían liberadas del peso de conciencia provocado por la sanción eclesiástica más grave. Hay que distinguir este ámbito disciplinar del ámbito doctrinal. El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad non tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia.

A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. Los organismos colegiales con los cuales la Congregación estudia las cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reunión de los Cardenales el miércoles y la Plenaria anual o bienal) garantizan la implicación de los Prefectos de varias Congregaciones romanas y de los representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de tomar. No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive.

Espero, queridos Hermanos, que con esto quede claro el significado positivo, como también sus límites, de la iniciativa del 21 de enero de 2009. Sin embargo, queda ahora la cuestión: ¿Era necesaria tal iniciativa? ¿Constituía realmente una prioridad? ¿No hay cosas mucho más importantes? Ciertamente hay cosas más importantes y urgentes. Creo haber señalado las prioridades de mi Pontificado en los discursos que pronuncié en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo de manera inalterable mi línea directiva. La primera prioridad para el Sucesor de Pedro fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: “Tú… confirma a tus hermanos” (Lc 22,32). El mismo Pedro formuló de modo nuevo esta prioridad en su primera Carta: “Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 Pe 3,15). En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.

Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes. En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al testimonio común de fe de los cristianos –al ecumenismo- está incluido en la prioridad suprema. A esto se añade la necesidad de que todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la fuente de la Luz. En esto consiste el diálogo interreligioso. Quien anuncia a Dios como Amor “hasta el extremo” debe dar testimonio del amor. Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la dimensión social de la fe cristiana, de la que hablé en la Encíclica ‘Deus caritas est’.

Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre) la auténtica prioridad para la Iglesia, entonces también forman parte de ella las reconciliaciones pequeñas y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota. Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que “tiene quejas contra ti” (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios –en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias? ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto? Yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?

Ciertamente, desde hace mucho tiempo y después una y otra vez, en esta ocasión concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunción, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso no debe la gran Iglesia permitirse ser también generosa, siendo consciente de la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ¿No debemos como buenos educadores ser capaces también de dejar de fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces? ¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se ha dado alguna salida de tono? A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas.

Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: «No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente». Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este “morder y devorar” existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor? En el día en que hablé de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de la Virgen de la Confianza. En efecto, María nos enseña la confianza. Ella nos conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. Él nos guiará, incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han asegurado sus oraciones. Este agradecimiento sirve también para todos los fieles que en este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al Sucesor de San Pedro. El Señor nos proteja a todos nosotros y nos conduzca por la vía de la paz. Es un deseo que me brota espontáneo del corazón al comienzo de esta Cuaresma, que es un tiempo litúrgico particularmente favorable a la purificación interior y que nos invita a todos a mirar con esperanza renovada al horizonte luminoso de la Pascua.

Con una especial Bendición Apostólica me confirmo Vuestro en el Señor.

Benedictus PP. XVI
Vaticano, 10 de marzo de 2009.
Carta Benedicto XVI sobre lefebrianos – 10.III.2009

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Wednesday, October 29, 2008

II ENCUENTRO DEL GRUPO SACERDOTAL DE GOLCONDA.

Documento Final.
Buenaventura, 9 a 13 de Diciembre de 1968.
Se reproduce aquí, como cuerpo principal (CP), el documento de Golconda publicado en “La Iglesia Latinoamericana y el socialismo” (INDAL, #8, julio 1973, p.119-123).

Se realiza edición crítica con las siguientes dos ediciones:

II Encuentro Grupo Sacerdotal de Golconda, Sindicato de trabajadores de la Universidad Nacional de Colombia. (D1)

II Encuentro del Grupo Sacerdotal de Golconda, Acción Sindical de Cundinamarca (Asicun). (D2)

PRESENTACION

En el mes de julio de este año nos reunimos por primera vez 50 sacerdotes de todo el país en la finca de Golconda, Municipio de Viotá (Cundinamarca) (1).

Queríamos conocer los trabajos que, en el campo social, cada uno realizaba. En este primer Encuentro nos aglutinó la finalidad de profundizar en el conocimiento de la Populorum Progressio.

Necesariamente en esta reunión no se pudo establecer una línea general común de acción, (2) pero sí sentimos la necesidad de organizarnos para intercambiar experiencias y coordinar trabajos.

Por eso se pensó en la organización de un II Encuentro que tuviera como sede a Buenaventura, debido a la acogida ferviente que nos hizo su obispo, Mons. (3) Gerardo Valencia.

La reunión se realizó del 9 al 13 de diciembre del año 1968, (4) con la asistencia de sacerdotes de todo el país y 3 sacerdotes de otros países de América Latina.

El tiempo de adviento en el que se realizó la reunión tiene especial significación. La esperanza de salvación que celebramos en este tiempo nos lleva reflexionar sobre la relación de esta esperanza con las aspiraciones del hombre colombiano.

El objetivo de nuestra reunión se circunscribió a la problemática social de nuestro país. Y es éste punto (5) de vista desde el cual hemos estudiado nuestra acción pastoral.

El presente Documento es el fruto de nuestro II Encuentro.

El Comité de Redacción.

INTRODUCCIÓN.

“América Latina parece que vive aún bajo el signo trágico del subdesarrollo, que no sólo aparta a nuestros hermanos del goce de los bienes materiales, sino de su misma realización humana”.

“Como cristianos, creemos que esta etapa histórica de América Latina está vinculada íntimamente a la historia de la salvación”. (CM Mensaje) (6)

“Llena de una anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva... evidente signo del Espíritu que conduce la historia de hombres y de los pueblos hacia su vocación... Así como otrora Israel, el primer pueblo, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, cuando lo hacía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la promesa, así también nosotros, nuevo pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da el verdadero desarrollo, que es paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas” (CM I 4,5,6).

Estas palabras de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano reunido en Medellín resuena (7) clamorosamente en nuestra conciencia, como los gemidos (8)inenarrables del espíritu, de que nos habla el apóstol Pablo (Rom. 8,26).

Como sacerdotes, compartimos vivamente la preocupación de nuestros obispos. Siguiendo su ejemplo nos hemos reunido precisamente para encaminar "nuestra reflexión hacia la búsqueda de una nueva y más intensa presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina" (CM I.8) y de nuestra Patria en particular.

Nos hemos impuesto la tarea de lograr una visión objetiva de esta realidad de explotación, a la que los obispos se refieren, para reflexionar sobre ella a la luz del Evangelio, a fin de encontrar orientaciones pastorales concretas de una acción sacerdotal coherente y a nivel nacional.

Fruto de nuestro trabajo es el presente Documento, que manifiesta nuestro estudio, reflexión y compromiso y que ofrecemos, como un servicio, a todo el pueblo de Dios, en particular a nuestros hermanos en el sacerdocio, así como también a todos los colombianos de buena voluntad comprometidos en el cambio radical de estructuras.


I. ANÁLISIS DE LA SITUACIÓN COLOMBIANA

Manifestamos clara y enérgicamente que la situación trágica de subdesarrollo que sufre nuestro país -al contrario de lo que ciertas interpretaciones deformantes de la realidad creen- es un producto histórico de la dependencia económica, política, cultural y social de los centros extranjeros de poder, que la ejercen a través de nuestras clases dirigentes. (Cfr. CM 2:9e).

Lo característico del subdesarrollo colombiano, como (9) toda Latinoamérica, está precisamente en la dominación ejercida sobre nuestra sociedad por una clase minoritaria, cuyos privilegios se remontan a la época colonial. Efectivamente, las luchas de independencia, lejos de limitar su poder, contribuyeron a afianzarlo más. No se dió en verdad entonces una revolución del pueblo, sino un cambio de guardia -el primero de una serie indefinida que llega hasta nosotros en toda Latinoamérica- el paso del gobierno colonial a manos de la aristocracia criolla.

Los ejércitos que entonces se improvisaron fueron mantenidos luego para seguir protegiendo, hasta nuestros días, ese “orden” establecido.

El poder político surgió como tutor y promotor de ese sistema de privilegios, que la Constitución Nacional vino a justificar. La Iglesia, por su parte, lo sacralizó, como si tuviera la expresión inequívoca de la voluntad de Dios.

Esta clase dirigente, renovada y fortalecida allá por los años 30, aparece como dueña absoluta de las tierras que otrora pertenecieron los indígenas, para utilizarlas en su exclusivo provecho.

En cuanto al pueblo, la inmensa mayoría de la población, quedó imposibilitado -luego de haber derramado su sangre en los campos de batalla- para vivir como ciudadanos en su propia patria.

Tras los edificios monumentales, los lujosos aeropuertos, las autopistas, yace un pueblo sufriente, humillado, amordazado por su misma inconsciencia y acomplejado por las fuerzas represivas de una violencia instalada en el poder.

¿Qué hacer para liberar a este pueblo de bautizados, de hijos de Dios, de esta verdadera servidumbre y esclavitud, para usar expresiones de nuestros Obispos?

Se habla mucho de una verdadera y auténtica reforma agraria. ¿Pero, será posible tal reforma sin cambiar previamente las estructuras, ya aludidas, de dependencia exterior?

Es precisamente esta situación de dependencia la que genera la actual estructura distorsionada, que suele calificarse equívocamente de subdesarrollo, y que nos lleva a pensar, por consiguiente, en términos puramente cuantitativos, es decir, términos en que la superación del subdesarrollo podría realizarse por la simple intensificación del esfuerzo, sin necesidad de cambios estructurales. Ello supone el desconocimiento de que es la revolución industrial la causa y motor del subdesarrollo.

Por eso podemos caracterizar como causa y motor del subdesarrollo:

La carencia de una industria pesada, que genera la dependencia industrial respecto a los medios de producción: maquinarias y equipos;

y la existencia de una producción industrial que no genera divisas, por la falta de mercados en los centros de poder, lo que priva al país de la posibilidad directa de autofinanciación, teniendo que apoyarse en un producto como es el café, sin relación necesaria con nuestro desarrollo industrial.

Indudablemente que esta situación es imposible de superar sin una verdadera revolución que produzca el desplazamiento de las clases dirigentes de nuestro país, por medio de las cuales se ejerce la dependencia del exterior. (10)

Asimismo, la verdadera reforma agraria, que ofrezca al pueblo, tan honrado en los discursos políticos a la hora de las promesas, pero crucificado a la hora de los hechos, un real acceso al disfrute de la tierra, y por consiguiente, a la participación de la producción, en las decisiones del país y en su grandeza.

“Dios ha destinado la tierra y todo lo que en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados deben llegar a todos en forma justa, según la regla de la justicia, inseparable de la caridad" (Vat.II, Const. Iglesia y Mundo n.69).

“La tierra es de todos, no de los ricos” (San Ambrosio, de Nabuthe Israelita, XII, P.L., T. XIV, col.731).

Otro tanto habrá que decir en cuanto a la reforma urbana. Creemos que aparecerá necesariamente como una de las primeras etapas por realizar, una vez emprendido el cambio radical de estructuras.

Por todo lo cual nos parecen sumamente débiles los argumentos herodianos que señalan como causa fundamental del subdesarrollo los factores antropológicos y sociales de nuestro pueblo: indolencia, incultura, herencia ancestral. Con esto no queremos minimizar la importancia de los recursos humanos. Al contrario, somos conscientes de su papel, como elementos laboriosos y disciplinados, para la revolución, que necesariamente debe ser popular o no ser.

De todos modos, no queremos dejar de subrayar el freno que puede representar, para el paso hacia el desarrollo y para todo este proceso, la existencia en nuestras naciones de elementos que, por su pasado, resultan lentos para participar en el ritmo acelerado de una nación en revolución.

En resumen, podemos decir, que debido a esta situación y violencia institucionalizada, “pese a los esfuerzos que se efectúan, se conjugan el hambre y la miseria, las enfermedades de tipo masivo y la mortalidad infantil, el analfabetismo y la marginalidad, profundas desigualdades en los ingresos y tensiones entre las clases sociales, brotes de violencia y escasa participación del pueblo en la gestión del bien común” (CM Mensaje).


II. REFLEXIÓN A LA LUZ DEL EVANGELIO

Ante la situación analizada, es necesario asumir un compromiso que conlleve no solo una reflexión, sino también una actuación de cocreadores en el dominio de la creación.

Esta actitud se funda en una visión teológica que tiene que tiene como base la doctrina conciliar y el Documento de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín.

Dado el objetivo de nuestro Encuentro y para dar respuesta a ciertas inquietudes sacerdotales, nuestra reflexión se limitó a subrayar y dar énfasis a la inclusión de lo temporal en el designio salvífico y al compromiso del sacerdote en lo temporal.

1.Inclusión de lo temporal en el designio salvífico.

Al responder los hombres a las situaciones concretas de su existencia, van dando respuesta a la revelación de Dios y va profundizando la Iglesia el sentido de la misma revelación y de su compromiso (Cfr. Vat.II, Iglesia y Mundo n.44).

Se comprueba un progreso teológico en el campo de la antigua antinomia, exagerada y mal entendida, entre lo temporal y lo eterno, lo natural y lo sobrenatural, lo terrestre y lo celestial. La distinción que no decía separación, llegó a decirla y a degenerar en pugna, cuando la realidad es una en sí misma y es una e indivisible en el designio de Dios, donde ciertamente (Cfr.Gen.1-2) lo material, lo humano, lo cósmico, distinto de Dios, tiene valor por sí mismo y, al mismo tiempo, es fruto de la voluntad de Dios y no degeneración en el plano del ser y del valer.

“Sin caer en confusiones o en identificaciones simplistas se debe manifestar siempre la unidad profunda que existe entre el proyecto salvífico de Dios, realizado en Cristo y las aspiraciones del hombre, entre la historia de la salvación y la historia humana, entre la Iglesia, pueblo de Dios, y las comunidades temporales; entre la acción reveladora de Dios y la experiencia del hombre; entre los dones y carismas sobrenaturales y los valores humanos. Excluyendo así toda dicotomía o dualismo en el cristiano...” (CM 8,4; Cfr.1,3-5;2,14b).

El rechazo de la antinomia tiene serias consecuencias en la visión cristiana de realidades antes pocos valoradas, como el trabajo manual o industrial, la vida social, económica y política, etc. Estas realidades deben ser consideradas como partes integrantes del designio de Dios sobre la realización humana y el desarrollo personal y social y, por tanto indispensable para la respuesta de fe a Dios.

La misma vida de fe no puede entenderse, en forma alguna, como simple acto de carácter intelectual, sino como actitud de compromiso a la luz del designio de Dios con todo lo que constituye lo humano, en el plano individual, social, económico, político, educativo, etc.

Consecuentemente, y lo dice claramente el documento de Medellín, la acción evangelizadora, el despertar de la fe, se encuadra, con necesidad absoluta en las aspiraciones humanas y en la problemática de lo humano.

“La catequesis actual debe asumir totalmente las angustias y esperanzas del hombre de hoy, a fin de ofrecerle las posibilidades de una liberación plena, las riquezas de una salvación integral en Cristo, el señor. Las situaciones auténticamente humanas forman parte indispensable del contenido de la catequesis” (CM 8,6; Cfr.9.6.7).

El entroncamiento de la fe en las aspiraciones humanas no se limita a tomar pie en ellas, sintiéndolas como oportunidades u ocasiones, sino convirtiéndolas en expresiones auténticas de la misma fe y dándoles una dimensión de trascendencia.

2. El sacerdote y lo temporal.

Las anteriores consideraciones sobre la tarea evangelizadora de la Iglesia permiten determinar las condiciones en que se realiza la acción del sacerdote.

“La consagración sacramental del orden sitúa al sacerdote en el mundo para el servicio de los hombres… Esto exige en todo sacerdote una especial solidaridad de servicio humano… de tal modo que su consagración resulte una manera especial de presencia en el mundo, más bien que una segregación de él… Descubriendo el sentido de los valores temporales, deberá procurar conseguir la síntesis del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos…” (CM II,17,18).

Consideramos que esto no es posible si no es por medio de un compromiso sincero en lo temporal sin el cual el testimonio del sacerdote corre el riesgo de carecer de autenticidad, de eludir responsabilidades y de desconocer que esta hora “se ha tornado, con dramática urgencia, la hora de la acción”(CM I:3).

Queremos destacar, especialmente, la necesidad de asumir tareas y actitudes que permitan “colaborar en la formación política” de los ciudadanos, de suerte que “consideren su participación en la vida política de la nación como un deber de consciencia y como el ejercicio de la caridad, en su sentido más noble y eficaz para la vida de la comunidad” (CM 7,21;1,16); (11) la necesidad de “alentar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de base” (CM 2,27;Cfr.2,18); (12) la necesidad de una “tarea de concientización y educación social”(CM 1,17;Cfr.2,18).


III. ORIENTACIÓN PARA LA ACIÓN.

Para explicar nuestra actitud de fidelidad a la Iglesia y a la necesaria solidaridad con el pueblo al que tenemos que servir, exponemos nuestra postura ante los acontecimientos analizados anteriormente y declaramos que no ahorraremos esfuerzos para lograr su realización en un quehacer concreto, porque estamos invitados “a tomar decisiones y establecer proyectos, solamente si estamos dispuestos a ejecutarlos como compromiso pastoral nuestro, aun a costa de sacrificios”(CM I,3).

Esto nos exige una actitud pastoral militante, tendiente a eliminar todas aquellas circunstancias que conspiran contra la dignidad humana.

A. En el campo social, económico y político destacamos los siguientes objetivos:

1. Insistir en que no basta la buena voluntad y en que es necesario conocer la realidad objetiva.

2. Elaborar una metodología científica de investigación y de trabajo que nos impida caer en el empirismo y en el practicismo.

3. Comprometernos cada vez mas en las diversas formas de acción revolucionarias contra el imperialismo y la burguesía neocolonial, evitando caer en actitudes meramente contemplativas y, por tanto, justificadoras.

4. Evitar reducirnos a un trabajo comunitario estrecho que pierda la perspectiva del conjunto nacional e internacional.

5. Luchar denodadamente por la actualización de las estructuras eclesiásticas, tanto en su organización interna como en la liquidación de rezagos preconciliares, tales como el maridaje entre la Iglesia y el Estado, cuya separación es exigida por la diferente dimensión de la personalidad y de la sociedad en que se colocan la acción eclesial y la acción civil, las cuales, aunque constituyen una única realización en el individuo y en la sociedad, se distinguen por el carácter trascendente de la primera (Cfr. Vat.II,Iglesia y Mundo n.76):

“La Iglesia deberá mantener siempre su independencia frente a los poderes constituídos y los regímenes que lo expresan, renunciando si fuere preciso aun a aquellas formas legítimas de presencia que a causa del contexto social, la hacen sospechosa de alianza con el poder constituído y resultan, por eso mismo, un contrasigno pastoral” (CM 7,21).

6. La enérgica reprobación que hacemos del capitalismo neocolonial, incapaz de solucionar los agudos problemas que aquejan a nuestro pueblo, nos llevan a orientar nuestras acciones y esfuerzos con miras a lograr la instauración de una organización de la sociedad de tipo socialista, que permita la eliminación de todas las formas de explotación del hombre por el hombre y que responda a las tendencias históricas de nuestro tiempo y a la idiosincrasia del hombre colombiano.

7. Nuestro convencimiento de la necesidad de un cambio profundo y urgente de las estructuras socioeconómicas y políticas del país nos llevan a hacernos solidarios, sin discriminación alguna con todos los que luchan por ese cambio. “Alentar y elogiar las iniciativas y trabajos de todos aquellos que en los diversos campos de la acción constribuyen a la creación de un orden nuevo que asegure la Paz en el seno de nuestros pueblos”(CM 2,33).

8. Rechazamos como maniobra divisionista la existencia de los llamados partidos políticos tradicionales que enfrentan a nuestro pueblo en dos grandes bandos, dirigidos, cada uno de ellos, por sectores igualmente explotadores de las masas populares e igualmente sumisos y colonizados por los monopolios extranjeros.

“El ejercicio de la autoridad política y sus decisiones tienen como única finalidad el bien común. En Latinoamérica tal ejercicio y decisiones con frecuencia aparecen apoyando sistemas que atentan contra el bien común o favorecen a grupos privilegiados” (CM 1,16).

9. Rechazamos igualmente el inmenso presupuesto de guerra destinado al mantenimiento de fuerzas que no están orientadas a la defensa de nuestra soberanía nacional, sino a la represión violenta de luchas populares y reivindicativas de obreros, campesinos y estudiantes, en defensa de las estructuras que interesan a minorías que detentan el poder económico y político.

“En determinados países se comprueba una carrera armamentista que supera el límite de los razonable. Se trata frecuentemente de una necesidad ficticia que responde a intereses diversos y no a una verdadera necesidad de la comunidad nacional. Una frase de Populorum Progressio resulta particularmente apropiada al respecto: cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren miseria, cuando tantos hombres viven sumergidos en la ignorancia… toda carrera de armamentos se convierte en un escándalo intolerable”(CM 2,13).

10. Hacemos un llamamiento a los distintos sectores populares y revolucionarios para que, prosiguiendo en sus organizaciones, búsquedas y luchas, no olviden la responsabilidad que tienen ante sí mismos y ante la historia y para que, destacando los objetivos comunes, traten de hallar las formas de unidad de acción y solidaridad que conduzcan a un frente revolucionario capaz de romper las cadenas e inaugurar el porvenir.

11. Por último, declaramos que estas afirmaciones están sustentadas por diferentes realizaciones concretas en el plano de la educación, de la organización comunitaria de base, de la organización misma de las comunidades eclesiásticas, etc. y que juzgamos necesario el que nuestra actitud de denuncia esté siempre respaldada por tales realizaciones de carácter constructivo y positivo.

B. La postura que acabamos de exponer es inseparable de nuestra tarea litúrgica, evangelizadora y de conducción de la comunidad eclesial. En este campo queremos destacar los siguientes aspectos:

1. En el ejercicio del ministerio de la Palabra debemos partir de la situación del hombre colombiano, de sus experiencias y de su anhelo de cambio social.

La falta de una auténtica evangelización hace que las actitudes religiosas de nuestro pueblo constituyan frecuentemente un freno del dinamismo personal del desarrollo integral. Por eso urge presentar la fe como un factor de cambio de una sociedad mas justa y humana.

Consideramos que la catequesis debe dar preferencia al mundo de los adultos y de los jóvenes (Cfr.CM 8,1;5,1).

2. La participación en la liturgia exige fundamentalmente una comunidad comprometida con el cambio social y en la construcción de una sociedad donde haya amor y justicia para todos (Cfr. CM 9,4.6).

Por su carácter de anticipo y de manifestación de la escatología, la celebración litúrgica ha de constituir un llamamiento y un compromiso continuo de transformación de una realidad siempre cambiante y limitada (Cfr.CM 9,7).

Pensamos que el ambiente mas adecuado para una liturgia auténtica es la comunidad de base en la que el cristianismo encuentra la vivencia de la comunión a la que ha sido llamado.

3. El servicio de la Iglesia a los hombres se debe llevar a cabo mediante la unificación de fuerzas y de iniciativas, que encuentra su máxima expresión cuando se hace colegialmente. De esto se deduce que en la búsqueda de una sociedad más justa y humana se deba renunciar a iniciativas personalistas.**Es necesario revisar los movimientos de laicos en nuestro país, que por lo general no responden a las exigencias actuales del compromiso de los cristianos (Cfr.CM 10,1-5). En especial merece revisarse la formación de sus élites, interrogándose sobre si responde a nuestra estructura colombiana y si se realiza dentro del mismo grupo humano, sin aislarlas de la comunidad a que pertenecen.**Frente al pueblo debemos descubrir los centros de interés que favorezcan a su promoción y dar preferencia a los marginados tanto del campo como de la ciudad.**Toda esta actividad de servicio debe estar por un testimonio personal y comunitario en la entrega completa y en la pobreza:**“La Iglesia de América Latina… experimenta la urgencia de traducir ese espíritu de pobreza en gestos, actitudes y normas que la hagan un signo más lúcido y auténtico de su Señor… La situación presente exige, pues, de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, el espíritu de pobreza que rompiendo las ataduras de la posesión egoísta de los bienes temporales, estimula al cristiano a disponer orgánicamente de la economía y el poder en beneficio de la comunidad” (CM 14,7).**Creemos que va contra este espíritu de pobreza, entre otras muchas cosas que están en la mente de todos, el actual sistema arancelario en la administración de los sacramentos y en los servicios religiosos, cuyo aspecto de lucro impide la gratuidad de la gracia conferida y la significada por el sacramento.**No compartimos que organismos extranjeros se conviertan en distribuidores de excedentes agrícolas que, so pretexto de ayuda disimulan la explotación que ejercen a través del deterioro progresivo de las relaciones de intercambio, revistiéndose de una aureola de generosidad y creando en quienes la reciben el espíritu de limosneros.

Buenaventura, 13 de diciembre de 1.968.

Firman este documento: (13)

Mons. Gerardo Valencia Cano, Obispo de Buenaventura;
Edgar Arango Piedrahita, Bogotá;
Wilfer Angel Tamayo, Medellín;
Manuel Alzate, Cali;
Roberto Becerra Pinillo, Bucaramanga;
Luis Alfonso Cárdenas, (14) Buenaventura;
Benjamín Cardona Arango, Vaupés;
Luis Correa (15) García, Bogotá;
Angel Colombo, Tucumán (Argentina);
Gabriel Díaz Luque, (16) Medellín;
Jaime Escobar Guzmán, A.R. Ráquira;
Santiago Frank Pernía, S.J. Buenos Aires (Argentina);
Carmelo García, Bogotá;
René García Lizarralde, Bogotá;
Abel Giordana Peña, Bogotá;
Alfonso Gil Yepes, Buenaventura;
Alfonso Galindo Quevedo, Puerto Berrío;
Luis de Jesús Huertas Amaya, Tunja;
Rogelio Mausse (17) Guerrero, Quito (Ecuador);
Ligorio (18) López Rodas, Buenaventura;
Guillermo López Benjumea, Manizales;
Ismael Mejía Benjumea, Medellín;
Vicente Mejía Espinoza, Medellín;
Noel Olaya, Bogotá;
Hector Gerardo Parrado, Choachí;
Alvaro Ríos Rubiano, Ibagué;
Francisco Rubalcaba (19) López, Cartagena;
Jesús María (20) Venegas Sierra, Bogotá;
Oscar Vélez Betancurt, Medellín;
Tulio (21) Zolaque Parada, Pasto;
Luis Zabala Hererra, Bucaramanga;
Domingo Laín, Cartagena;
Benoit Lay, O.F.M., Bogotá.

Firmaron el documento 15 sacerdotes más, cuyos nombres no aparecen por discreción.

Notas

1 Cundinamarca.
2 “de común acción”, en D1.
3 “Monseñor”, en D1.
4 “del presente año”, en D1 y D2. Se explica el cambio de redacción en tanto CP fue publicado en 1973.
5 “el punto”, en D1 y D2.
6 CM: Conferencia Episcopal de Medellín. Las citas se han hecho siguiendo el sistema de referencias de la edición publicada por el Secretariado General del Celam: La iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio, vol.2., Conclusiones, Bogotá, 1968. (Nota de los originales).
7 “resuenan”, en D1 y D2.
8 “gemido”, en D2.
9 “como de”, en D1 y D2.
10 Este párrafo, en CP, se redacta a continuación del punto b. En D1 y D2, figura enseguida del punto b., como aquí lo reproducimos.
11 Inicia aquí un nuevo párrafo, en D1 y D2.
12 Inicia aquí un nuevo párrafo, en D1 y D2.
13 D1 reproduce los firmantes al inicio de su edición.
14 “Cárdenas Arenas”, en D1 y D2.
15 “Currea”, en D1 y D2. Este es el apellido correcto.
16 “Duque”, en D1 y D2.
17 “Hausse”, en D1 y D2.
18 “Liborio”, en D1 y D2.
19 Así, en D2. “Rubalca”, en D1.
20 En D1 y D2: “Jesús María Segura Martínez, Tunja”. Ensegida, nombra a “Alfonso Vanegas Sierra, Bogotá”. Seguramente el editor de CP mezcló los dos nombres.
21 Similar a lo anterior. Aparecen en D1, en su orden: “Tulio Vélez, Medellín. Hugo Zolaque Parada, Pasto”. En D2, “Tulio Vélez Maya”.

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Tuesday, October 28, 2008

II ENCUENTRO DEL GRUPO SACERDOTAL DE GOLCONDA.

Se reproduce aquí, como cuerpo principal (CP), el documento de Golconda publicado en “La Iglesia Latinoamericana y el socialismo” (INDAL, #8, julio 1973, p.119-123).

Se realiza edición crítica con las siguientes dos ediciones:

II Encuentro Grupo Sacerdotal de Golconda, Sindicato de trabajadores de la Universidad Na-cional de Colombia. (D1)

II Encuentro del Grupo Sacerdotal de Golconda, Acción Sindical de Cundinamarca (Asicun). (D2)

II ENCUENTRO DEL GRUPO SACERDOTAL GOLCONDA
Buenaventura, 9 a 13 de diciembre de 1968
DOCUMENTO FINAL

PRESENTACION

En el mes de julio de este año nos reunimos por primera vez 50 sacerdotes de todo el país en la finca de Golconda, Municipio de Viotá (Cundinamarca).

Queríamos conocer los trabajos que, en el campo social, cada uno realizaba. En este primer Encuentro nos aglutinó la finalidad de profundizar en el conocimiento de la Populorum Pro-gressio.

Necesariamente en esta reunión no se pudo establecer una línea general común de acción , pero sí sentimos la necesidad de organizarnos para intercambiar experiencias y coordinar tra-bajos.

Por eso se pensó en la organización de un II Encuentro que tuviera como sede a Buenaventura, debido a la acogida ferviente que nos hizo su obispo, Mons. Gerardo Valencia.

La reunión se realizó del 9 al 13 de diciembre del año 1968 , con la asistencia de sacerdotes de todo el país y 3 sacerdotes de otros países de América Latina.

El tiempo de adviento en el que se realizó la reunión tiene especial significación. La esperanza de salvación que celebramos en este tiempo nos lleva reflexionar sobre la relación de esta esperanza con las aspiraciones del hombre colombiano.

El objetivo de nuestra reunión se circunscribió a la problemática social de nuestro país. Y es éste punto de vista desde el cual hemos estudiado nuestra acción pastoral.

El presente Documento es el fruto de nuestro II Encuentro.

El Comité de Redacción.


INTRODUCCIÓN.

“América Latina parece que vive aún bajo el signo trágico del subdesarrollo, que no sólo apar-ta a nuestros hermanos del goce de los bienes materiales, sino de su misma realización huma-na”.

“Como cristianos, creemos que esta etapa histórica de América Latina está vinculada íntima-mente a la historia de la salvación” (CM Mensaje) .

“Llena de una anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de madura-ción personal y de integración colectiva... evidente signo del Espíritu que conduce la historia de hombres y de los pueblos hacia su vocación... Así como otrora Israel, el primer pueblo, ex-perimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, cuando lo hacía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la promesa, así también nosotros, nuevo pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da el verdadero de-sarrollo, que es paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas” (CM I 4,5,6).

Estas palabras de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano reunido en Medellín resue-na clamorosamente en nuestra conciencia, como los gemidos inenarrables del espíritu, de que nos habla el apóstol Pablo (Rom. 8,26).

Como sacerdotes, compartimos vivamente la preocupación de nuestros obispos. Siguiendo su ejemplo nos hemos reunido precisamente para encaminar "nuestra reflexión hacia la búsqueda de una nueva y más intensa presencia de la Iglesia en la actual transformación de América La-tina" (CM I.8) y de nuestra Patria en particular.

Nos hemos impuesto la tarea de lograr una visión objetiva de esta realidad de explotación, a la que los obispos se refieren, para reflexionar sobre ella a la luz del Evangelio, a fin de en-contrar orientaciones pastorales concretas de una acción sacerdotal coherente y a nivel na-cional.

Fruto de nuestro trabajo es el presente Documento, que manifiesta nuestro estudio, reflexión y compromiso y que ofrecemos, como un servicio, a todo el pueblo de Dios, en particular a nuestros hermanos en el sacerdocio, así como también a todos los colombianos de buena voluntad comprometidos en el cambio radical de estructuras.


I. ANÁLISIS DE LA SITUACIÓN COLOMBIANA

Manifestamos clara y enérgicamente que la situación trágica de subdesarrollo que sufre nues-tro país -al contrario de lo que ciertas interpretaciones deformantes de la realidad creen- es un producto histórico de la dependencia económica, política, cultural y social de los centros extranjeros de poder, que la ejercen a través de nuestras clases dirigentes. (Cfr. CM 2:9e).

Lo característico del subdesarrollo colombiano, como toda Latinoamérica, está precisamente en la dominación ejercida sobre nuestra sociedad por una clase minoritaria, cuyos privilegios se remontan a la época colonial. Efectivamente, las luchas de independencia, lejos de limitar su poder, contribuyeron a afianzarlo más. No se dió en verdad entonces una revolución del pueblo, sino un cambio de guardia -el primero de una serie indefinida que llega hasta nosotros en toda Latinoamérica- el paso del gobierno colonial a manos de la aristocracia criolla.

Los ejércitos que entonces se improvisaron fueron mantenidos luego para seguir protegiendo, hasta nuestros días, ese “orden” establecido.

El poder político surgió como tutor y promotor de ese sistema de privilegios, que la Constitu-ción Nacional vino a justificar. La Iglesia, por su parte, lo sacralizó, como si tuviera la expre-sión inequívoca de la voluntad de Dios.

Esta clase dirigente, renovada y fortalecida allá por los años 30, aparece como dueña absoluta de las tierras que otrora pertenecieron los indígenas, para utilizarlas en su exclusivo prove-cho.

En cuanto al pueblo, la inmensa mayoría de la población, quedó imposibilitado -luego de haber derramado su sangre en los campos de batalla- para vivir como ciudadanos en su propia patria.

Tras los edificios monumentales, los lujosos aeropuertos, las autopistas, yace un pueblo su-friente, humillado, amordazado por su misma inconsciencia y acomplejado por las fuerzas re-presivas de una violencia instalada en el poder.

¿Qué hacer para liberar a este pueblo de bautizados, de hijos de Dios, de esta verdadera ser-vidumbre y esclavitud, para usar expresiones de nuestros Obispos?

Se habla mucho de una verdadera y auténtica reforma agraria. ¿Pero, será posible tal reforma sin cambiar previamente las estructuras, ya aludidas, de dependencia exterior?

Es precisamente esta situación de dependencia la que genera la actual estructura distorsiona-da, que suele calificarse equívocamente de subdesarrollo, y que nos lleva a pensar, por consi-guiente, en términos puramente cuantitativos, es decir, términos en que la superación del subdesarrollo podría realizarse por la simple intensificación del esfuerzo, sin necesidad de cambios estructurales. Ello supone el desconocimiento de que es la revolución industrial la causa y motor del subdesarrollo.

Por eso podemos caracterizar como causa y motor del subdesarrollo:

La carencia de una industria pesada, que genera la dependencia industrial respecto a los medios de producción: maquinarias y equipos;

y la existencia de una producción industrial que no genera divisas, por la falta de mercados en los centros de poder, lo que priva al país de la posibilidad directa de autofinanciación, teniendo que apoyarse en un producto como es el café, sin relación necesaria con nuestro desarrollo industrial.

Indudablemente que esta situación es imposible de superar sin una verdadera revolución que produzca el desplazamiento de las clases dirigentes de nuestro país, por medio de las cuales se ejerce la dependencia del exterior .

Asimismo, la verdadera reforma agraria, que ofrezca al pueblo, tan honrado en los discursos políticos a la hora de las promesas, pero crucificado a la hora de los hechos, un real acceso al disfrute de la tierra, y por consiguiente, a la participación de la producción, en las decisiones del país y en su grandeza.

“Dios ha destinado la tierra y todo lo que en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados deben llegar a todos en forma justa, según la regla de la justicia, inseparable de la caridad" (Vat.II, Const. Iglesia y Mundo n.69).

“La tierra es de todos, no de los ricos” (San Ambrosio, de Nabuthe Israelita, XII, P.L., T. XIV, col.731).

Otro tanto habrá que decir en cuanto a la reforma urbana. Creemos que aparecerá necesaria-mente como una de las primeras etapas por realizar, una vez emprendido el cambio radical de estructuras.

Por todo lo cual nos parecen sumamente débiles los argumentos herodianos que señalan como causa fundamental del subdesarrollo los factores antropológicos y sociales de nuestro pueblo: indolencia, incultura, herencia ancestral. Con esto no queremos minimizar la importancia de los recursos humanos. Al contrario, somos conscientes de su papel, como elementos laboriosos y disciplinados, para la revolución, que necesariamente debe ser popular o no ser.

De todos modos, no queremos dejar de subrayar el freno que puede representar, para el paso hacia el desarrollo y para todo este proceso, la existencia en nuestras naciones de elementos que, por su pasado, resultan lentos para participar en el ritmo acelerado de una nación en revolución.

En resumen, podemos decir, que debido a esta situación y violencia institucionalizada, “pese a los esfuerzos que se efectúan, se conjugan el hambre y la miseria, las enfermedades de tipo masivo y la mortalidad infantil, el analfabetismo y la marginalidad, profundas desigualdades en los ingresos y tensiones entre las clases sociales, brotes de violencia y escasa participación del pueblo en la gestión del bien común” (CM Mensaje).


II. REFLEXIÓN A LA LUZ DEL EVANGELIO

Ante la situación analizada, es necesario asumir un compromiso que conlleve no solo una re-flexión, sino también una actuación de cocreadores en el dominio de la creación.

Esta actitud se funda en una visión teológica que tiene que tiene como base la doctrina conci-liar y el Documento de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín.

Dado el objetivo de nuestro Encuentro y para dar respuesta a ciertas inquietudes sacerdota-les, nuestra reflexión se limitó a subrayar y dar énfasis a la inclusión de lo temporal en el de-signio salvífico y al compromiso del sacerdote en lo temporal.

1.Inclusión de lo temporal en el designio salvífico.

Al responder los hombres a las situaciones concretas de su existencia, van dando res-puesta a la revelación de Dios y va profundizando la Iglesia el sentido de la misma reve-lación y de su compromiso (Cfr. Vat.II, Iglesia y Mundo n.44).

Se comprueba un progreso teológico en el campo de la antigua antinomia, exagerada y mal entendida, entre lo temporal y lo eterno, lo natural y lo sobrenatural, lo terrestre y lo celestial. La distinción que no decía separación, llegó a decirla y a degenerar en pug-na, cuando la realidad es una en sí misma y es una e indivisible en el designio de Dios, donde ciertamente (Cfr.Gen.1-2) lo material, lo humano, lo cósmico, distinto de Dios, tiene valor por sí mismo y, al mismo tiempo, es fruto de la voluntad de Dios y no degene-ración en el plano del ser y del valer.

“Sin caer en confusiones o en identificaciones simplistas se debe manifestar siempre la unidad profunda que existe entre el proyecto salvífico de Dios, realizado en Cristo y las aspiraciones del hombre, entre la historia de la salvación y la historia humana, entre la Iglesia, pueblo de Dios, y las comunidades temporales; entre la acción reveladora de Dios y la experiencia del hombre; entre los dones y carismas sobrenaturales y los valores humanos. Excluyendo así toda dicotomía o dualismo en el cristiano...” (CM 8,4; Cfr.1,3-5;2,14b).

El rechazo de la antinomia tiene serias consecuencias en la visión cristiana de realidades antes pocos valoradas, como el trabajo manual o industrial, la vida social, económica y política, etc. Estas realidades deben ser consideradas como partes integrantes del desig-nio de Dios sobre la realización humana y el desarrollo personal y social y, por tanto in-dispensable para la respuesta de fe a Dios.

La misma vida de fe no puede entenderse, en forma alguna, como simple acto de carác-ter intelectual, sino como actitud de compromiso a la luz del designio de Dios con todo lo que constituye lo humano, en el plano individual, social, económico, político, educativo, etc.

Consecuentemente, y lo dice claramente el documento de Medellín, la acción evangeli-zadora, el despertar de la fe, se encuadra, con necesidad absoluta en las aspiraciones humanas y en la problemática de lo humano.

“La catequesis actual debe asumir totalmente las angustias y esperanzas del hombre de hoy, a fin de ofrecerle las posibilidades de una liberación plena, las riquezas de una sal-vación integral en Cristo, el señor. Las situaciones auténticamente humanas forman parte indispensable del contenido de la catequesis” (CM 8,6; Cfr.9.6.7).

El entroncamiento de la fe en las aspiraciones humanas no se limita a tomar pie en ellas, sintiéndolas como oportunidades u ocasiones, sino convirtiéndolas en expresiones autén-ticas de la misma fe y dándoles una dimensión de trascendencia.

2. El sacerdote y lo temporal.

Las anteriores consideraciones sobre la tarea evangelizadora de la Iglesia permiten de-terminar las condiciones en que se realiza la acción del sacerdote.

“La consagración sacramental del orden sitúa al sacerdote en el mundo para el servicio de los hombres… Esto exige en todo sacerdote una especial solidaridad de servicio huma-no… de tal modo que su consagración resulte una manera especial de presencia en el mundo, más bien que una segregación de él… Descubriendo el sentido de los valores temporales, deberá procurar conseguir la síntesis del esfuerzo humano, familiar, profe-sional, científico o técnico, con los valores religiosos…” (CM II,17,18).

Consideramos que esto no es posible si no es por medio de un compromiso sincero en lo temporal sin el cual el testimonio del sacerdote corre el riesgo de carecer de autentici-dad, de eludir responsabilidades y de desconocer que esta hora “se ha tornado, con dra-mática urgencia, la hora de la acción”(CM I:3).

Queremos destacar, especialmente, la necesidad de asumir tareas y actitudes que permi-tan “colaborar en la formación política” de los ciudadanos, de suerte que “consideren su participación en la vida política de la nación como un deber de consciencia y como el ejercicio de la caridad, en su sentido más noble y eficaz para la vida de la comunidad” (CM 7,21;1,16); la necesidad de “alentar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de base” (CM 2,27;Cfr.2,18); la necesidad de una “tarea de concientización y educación social”(CM 1,17;Cfr.2,18).


III. ORIENTACIÓN PARA LA ACCIÓN.

Para explicar nuestra actitud de fidelidad a la Iglesia y a la necesaria solidaridad con el pueblo al que tenemos que servir, exponemos nuestra postura ante los acontecimientos analizados anteriormente y declaramos que no ahorraremos esfuerzos para lograr su realización en un quehacer concreto, porque estamos invitados “a tomar decisiones y establecer proyectos, so-lamente si estamos dispuestos a ejecutarlos como compromiso pastoral nuestro, aun a costa de sacrificios”(CM I,3).

Esto nos exige una actitud pastoral militante, tendiente a eliminar todas aquellas circunstan-cias que conspiran contra la dignidad humana.


A. En el campo social, económico y político destacamos los siguientes objetivos:

1. Insistir en que no basta la buena voluntad y en que es necesario conocer la realidad ob-jetiva.

2. Elaborar una metodología científica de investigación y de trabajo que nos impida caer en el empirismo y en el practicismo.

3. Comprometernos cada vez mas en las diversas formas de acción revolucionarias contra el imperialismo y la burguesía neocolonial, evitando caer en actitudes meramente contem-plativas y, por tanto, justificadoras.

4. Evitar reducirnos a un trabajo comunitario estrecho que pierda la perspectiva del con-junto nacional e internacional.

5. Luchar denodadamente por la actualización de las estructuras eclesiásticas, tanto en su organización interna como en la liquidación de rezagos preconciliares, tales como el ma-ridaje entre la Iglesia y el Estado, cuya separación es exigida por la diferente dimensión de la personalidad y de la sociedad en que se colocan la acción eclesial y la acción civil, las cuales, aunque constituyen una única realización en el individuo y en la sociedad, se distinguen por el carácter trascendente de la primera (Cfr. Vat.II,Iglesia y Mundo n.76):

“La Iglesia deberá mantener siempre su independencia frente a los poderes constituídos y los regímenes que lo expresan, renunciando si fuere preciso aun a aquellas formas legí-timas de presencia que a causa del contexto social, la hacen sospechosa de alianza con el poder constituído y resultan, por eso mismo, un contrasigno pastoral” (CM 7,21).

6. La enérgica reprobación que hacemos del capitalismo neocolonial, incapaz de solucionar los agudos problemas que aquejan a nuestro pueblo, nos llevan a orientar nuestras ac-ciones y esfuerzos con miras a lograr la instauración de una organización de la sociedad de tipo socialista, que permita la eliminación de todas las formas de explotación del hombre por el hombre y que responda a las tendencias históricas de nuestro tiempo y a la idiosincrasia del hombre colombiano.

7. Nuestro convencimiento de la necesidad de un cambio profundo y urgente de las estruc-turas socioeconómicas y políticas del país nos llevan a hacernos solidarios, sin discrimi-nación alguna con todos los que luchan por ese cambio. “Alentar y elogiar las iniciativas y trabajos de todos aquellos que en los diversos campos de la acción constribuyen a la creación de un orden nuevo que asegure la Paz en el seno de nuestros pueblos”(CM 2,33).

8. Rechazamos como maniobra divisionista la existencia de los llamados partidos políticos tradicionales que enfrentan a nuestro pueblo en dos grandes bandos, dirigidos, cada uno de ellos, por sectores igualmente explotadores de las masas populares e igualmente su-misos y colonizados por los monopolios extranjeros.

“El ejercicio de la autoridad política y sus decisiones tienen como única finalidad el bien común. En Latinoamérica tal ejercicio y decisiones con frecuencia aparecen apoyando sistemas que atentan contra el bien común o favorecen a grupos privilegiados” (CM 1,16).

9. Rechazamos igualmente el inmenso presupuesto de guerra destinado al mantenimiento de fuerzas que no están orientadas a la defensa de nuestra soberanía nacional, sino a la represión violenta de luchas populares y reivindicativas de obreros, campesinos y estu-diantes, en defensa de las estructuras que interesan a minorías que detentan el poder económico y político.

“En determinados países se comprueba una carrera armamentista que supera el límite de los razonable. Se trata frecuentemente de una necesidad ficticia que responde a inter-eses diversos y no a una verdadera necesidad de la comunidad nacional. Una frase de Po-pulorum Progressio resulta particularmente apropiada al respecto: cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren miseria, cuando tantos hombres viven su-mergidos en la ignorancia… toda carrera de armamentos se convierte en un escándalo in-tolerable”(CM 2,13).

10. Hacemos un llamamiento a los distintos sectores populares y revolucionarios para que, prosiguiendo en sus organizaciones, búsquedas y luchas, no olviden la responsabilidad que tienen ante sí mismos y ante la historia y para que, destacando los objetivos comu-nes, traten de hallar las formas de unidad de acción y solidaridad que conduzcan a un frente revolucionario capaz de romper las cadenas e inaugurar el porvenir.

11. Por último, declaramos que estas afirmaciones están sustentadas por diferentes realiza-ciones concretas en el plano de la educación, de la organización comunitaria de base, de la organización misma de las comunidades eclesiásticas, etc. y que juzgamos necesario el que nuestra actitud de denuncia esté siempre respaldada por tales realizaciones de carácter constructivo y positivo.


B. La postura que acabamos de exponer es inseparable de nuestra tarea litúrgica, evangeliza-dora y de conducción de la comunidad eclesial. En este campo queremos destacar los si-guientes aspectos:

1. En el ejercicio del ministerio de la Palabra debemos partir de la situación del hombre co-lombiano, de sus experiencias y de su anhelo de cambio social.

La falta de una auténtica evangelización hace que las actitudes religiosas de nuestro pueblo constituyan frecuentemente un freno del dinamismo personal del desarrollo inte-gral. Por eso urge presentar la fe como un factor de cambio de una sociedad mas justa y humana.

Consideramos que la catequesis debe dar preferencia al mundo de los adultos y de los jóvenes (Cfr.CM 8,1;5,1).

2. La participación en la liturgia exige fundamentalmente una comunidad comprometida con el cambio social y en la construcción de una sociedad donde haya amor y justicia pa-ra todos (Cfr. CM 9,4.6).

Por su carácter de anticipo y de manifestación de la escatología, la celebración litúrgica ha de constituir un llamamiento y un compromiso continuo de transformación de una realidad siempre cambiante y limitada (Cfr.CM 9,7).

Pensamos que el ambiente mas adecuado para una liturgia auténtica es la comunidad de base en la que el cristianismo encuentra la vivencia de la comunión a la que ha sido lla-mado.

3. El servicio de la Iglesia a los hombres se debe llevar a cabo mediante la unificación de fuerzas y de iniciativas, que encuentra su máxima expresión cuando se hace colegialmen-te. De esto se deduce que en la búsqueda de una sociedad más justa y humana se deba renunciar a iniciativas personalistas.**Es necesario revisar los movimientos de laicos en nuestro país, que por lo general no responden a las exigencias actuales del compromiso de los cristianos (Cfr.CM 10,1-5). En especial merece revisarse la formación de sus élites, interrogándose sobre si responde a nuestra estructura colombiana y si se realiza dentro del mismo grupo humano, sin aislarlas de la comunidad a que pertenecen.**Frente al pueblo debemos descubrir los centros de interés que favorezcan a su promoción y dar preferencia a los marginados tanto del campo como de la ciudad.**Toda esta actividad de servicio debe estar por un testimonio personal y comunitario en la entrega completa y en la pobreza:**“La Iglesia de América Latina… experimenta la urgencia de traducir ese es-píritu de pobreza en gestos, actitudes y normas que la hagan un signo más lúcido y au-téntico de su Señor… La situación presente exige, pues, de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, el espíritu de pobreza que rompiendo las ataduras de la posesión egoísta de los bienes temporales, estimula al cristiano a disponer orgánicamente de la economía y el poder en beneficio de la comunidad” (CM 14,7).**Creemos que va contra este espíritu de pobreza, entre otras muchas cosas que están en la mente de todos, el actual sistema arancelario en la administración de los sacramentos y en los servicios religiosos, cuyo as-pecto de lucro impide la gratuidad de la gracia conferida y la significada por el sacra-mento.**No compartimos que organismos extranjeros se conviertan en distribuidores de excedentes agrícolas que, so pretexto de ayuda disimulan la explotación que ejercen a través del deterioro progresivo de las relaciones de intercambio, revistiéndose de una aureola de generosidad y creando en quienes la reciben el espíritu de limosneros.

Buenaventura, 13 de diciembre de 1.968.

Firman este documento :

Mons. Gerardo Valencia Cano, Obispo de Buenaventura;
Edgar Arango Piedrahita, Bogotá;
Wilfer Angel Tamayo, Medellín;
Manuel Alzate, Cali;
Roberto Becerra Pinillo, Bucaramanga;
Luis Alfonso Cárdenas , Buenaventura;
Benjamín Cardona Arango, Vaupés;
Luis Correa García, Bogotá;
Angel Colombo, Tucumán (Argentina);
Gabriel Díaz Luque , Medellín;
Jaime Escobar Guzmán, A.R. Ráquira;
Santiago Frank Pernía, S.J. Buenos Aires (Argentina);
Carmelo García, Bogotá;
René García Lizarralde, Bogotá;
Abel Giordana Peña, Bogotá;
Alfonso Gil Yepes, Buenaventura;
Alfonso Galindo Quevedo, Puerto Berrío;
Luis de Jesús Huertas Amaya, Tunja;
Rogelio Mausse Guerrero, Quito (Ecuador);
Ligorio López Rodas, Buenaventura;
Guillermo López Benjumea, Manizales;
Ismael Mejía Benjumea, Medellín;
Vicente Mejía Espinoza, Medellín;
Noel Olaya, Bogotá;
Hector Gerardo Parrado, Choachí;
Alvaro Ríos Rubiano, Ibagué;
Francisco Rubalcaba López, Cartagena;
Jesús María Venegas Sierra, Bogotá;
Oscar Vélez Betancurt, Medellín;
Tulio Zolaque Parada, Pasto;
Luis Zabala Hererra, Bucaramanga;
Domingo Laín, Cartagena;
Benoit Lay, O.F.M., Bogotá.

Firmaron el documento 15 sacerdotes más, cuyos nombres no aparecen por discreción.

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